Los vecinos del piso de arriba

En los cuatro apartamentos que he vivido desde que estoy en Bogotá es muy poco lo que he llegado a saber de mis vecinos fuera de los incómodos encuentros en el ascensor. Atada a esa dinámica, distintísima en Cali donde vivía en un conjunto residencial de puertas abiertas, yo no me meto con ellos ni ellos conmigo. Las cosas así han funcionado bien y en vez de conocerlos imagino cómo lucen, qué se dicen, si saben cómo se llaman los porteros, si están de pasada o llevan ahí toda la vida.

Cuando me mudé a este apartamento no caí en cuenta que el ducto de ventilación compartido hace que las paredes sean de cartulina. Escucho a la parejita de al lado decidir quién cocina y quién lava los platos, a la familia que visita de sorpresa a la chica del 203, a los estudiantes de música -todos viven en mi barrio- practicando su instrumento en las mañanas, a los gatos y los perros que riñen, a los vecinos del piso de arriba con su cama chirriante y sus ganas de un polvo cada jueves en la tarde. A ninguno de ellos le he puesto una cara. No sé si me han ayudado con el carrito del supermercado o si son los que hacen esas fiestas de cumbia y reggaetón.

A mitad de diciembre fui a la temporada de #NiConElPétaloDeUnaRosa en Casa Ensamble a ver cuatro de las siete obras de microteatro que presentaban sobre violencia de género. Estaba la de Santiago Rivas, “Componte, niña”, y aquella que se inspiraba en el caso de Rosa Elvira Cely. Volví a la casa con J muy aturdida y con el estómago revuelto. Pasadas las dos de la madrugada nos levantamos sobresaltados. Un ruido estruendoso de algo estrellándose contra las paredes repetidamente y los gritos de una mujer implorando no más golpes sacudió el resto de nuestra noche.

Los vecinos del piso de arriba acababan de entrar a la casa y él se había vuelto una fiera porque ella le preguntaba por qué tomaba tanto. Por el tono de sus voces supimos que son una pareja joven. Él se burlaba de ella por lo frágil. Ella lloraba. Él la tiraba contra lo que nosotros suponemos que era el clóset y ella le pedía perdón. La escena se apoderó del tiempo. Ella reducía su tamaño cuando hablaba y él ganaba terreno. No dormimos. A eso de las seis, los vecinos del piso de arriba con su cama chirriante y su ganas de un polvo.

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>> Nos han enseñado a no ser víctimas de violencia de género pero no tanto qué hacer -más allá de llamar a la policía- cuando somos testigos de un caso.

 

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